Cubierta de "Hombres sin  mujer", de Carlos Montenegro
Ensayo

Saberes otros: confrontaciones y rearticulaciones en el espacio carcelario*

Caridad Tamayo Fernández
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El preso pervive porque «escribe»; su existencia se prolonga al crear la posibilidad de ser «leído». La lectura es una práctica arqueológica. Hecha frecuentemente mucho después que la escritura, será el detrito de lo silenciado o excluido, tendrá por tanto que ‘agrandar’ la marca –el fragmento de voz– para imaginar su significado. 

Eduardo Lalo

El deseo del lápiz. Castigo, urbanismo, escritura (2010)

 

 

Es un hecho que desde su nacimiento —primer cambio que vivencia el ser humano, del cual ya trae una información naturalmente adquirida—, cualquier mudanza de espacio o circunstancia le exige un nuevo proceso de adaptación, por tanto, cada nuevo acondicionamiento personal, familiar o social genera la confrontación y adquisición de nuevos conocimientos.

A nivel social se establecen una serie de ordenamientos a los que, voluntaria o involuntariamente, el ser social debe integrarse y amoldarse, lo cual implica un aprendizaje: la primera educación (según el conjunto de saberes y patrones culturales de cada célula familiar), la escuela primera, el espacio de formación profesional, el lugar del ejercicio de esa profesión, y un conjunto de regulaciones otras establecidas a lo interno de cada uno de estos espacios, los cuales, como juegos de cajas chinas o círculos concéntricos, acotan el actuar individual, lo norman, lo controlan, lo regulan y determinan patrones para lo correcto o lo incorrecto. En su inicio, todos pueden generar conflictos individuales o disensiones, en mayor o menor grado, que por lo general se asumen como «naturales», por lo que también se han establecido a nivel social conductas de tratamiento o medidas punitivas menores a seguir, para ayudar a superarlos dentro del mismo sistema.

Sin embargo, los comportamientos inadecuados que sobrepasan la norma de tolerancia permitida, aquellos entendidos como delictivos o de alta peligrosidad, deben ser corregidos o purgados fuera del entorno social tradicional, en un espacio alternativo, diferente, creado específicamente para reformar al individuo, un lugar marginado, silenciado y olvidado. Un espacio bien delimitado, en apariencia contradictorio, y que genera una riqueza de saberes insospechada al ser establecido en condiciones de aislamiento y control muy específicas. La entrada de los individuos a ese universo es una de las más traumáticas y transformadoras sobre las que se tenga noticia. Es evidente, por el volumen de publicaciones que se puede encontrar, el creciente interés de expertos en áreas diversas sobre la institución penitenciaria, con análisis de significativo impacto científico e intelectual que han ayudado a la transformación misma del sistema penitenciario a favor de los reclusos. La literatura testimonial es pródiga en historias carcelarias, especialmente desde el punto de vista político, sin embargo, la narrativa ficcional (tanto de presos comunes como políticos) todavía es escasa, y es ella la que quizás logre un mayor impacto a nivel social y una mejor comprensión de la institución penitenciaria y sus efectos sobre el hombre encarcelado.

El escritor hispanocubano Carlos Montenegro fue un adelantado en lo que al abordaje del tema carcelario en la literatura cubana se refiere. De hecho, hasta donde sabemos, escribió la primera obra narrativa de ficción dedicada por entero al tema de la cárcel en Cuba. Y no es una pieza cualquiera, como se ha reconocido por muchos, es una de las novelas más relevantes de la primera mitad del siglo xx en el país y posiblemente en la América Latina y el Caribe.[1] En Hombres sin mujer (México, Editorial Masas, 1938), Montenegro logra conjugar sus experiencias como preso y escritor, condición esta última alcanzada durante su encarcelamiento en el Castillo del Príncipe, en La Habana, entre 1919 y 1931, condenado a catorce años, ocho meses y un día de encierro por el asesinato de un hombre durante una pelea callejera;[2] solo cumplió doce porque un grupo de destacados intelectuales de la época logró que fuera indultado.

Las memorias tejidas por Montenegro junto al periodista y profesor Enrique Pujals[3] dan cuenta de su torpe y enrevesado paso desde una condición y un comportamiento social «respetables», hasta llegar a formar parte del espacio lumpen de la cárcel con solo diecinueve años; tránsito justificado por las deficiencias económicas sufridas por su familia, que lo obligaron a trabajar en ambientes de complejas relaciones humanas desde muy temprano. Montenegro sufre el impacto de la cárcel en grado tal que encuentra el motivo para su propia reconversión: experimenta, por un lado, un proceso de concientización social a favor del preso y en contra de las condiciones inhumanas que caracterizaba a las cárceles en Cuba.[4] A su salida se convierte en activo luchador de esta causa, se afilia al Partido Comunista,[5] es uno de los fundadores de la Asociación Protectora del Preso (1936), como periodista escribe varios textos condenando esa realidad y logra la publicación de su obra cumbre, Hombres sin mujer, presentada como su testimonio sobre la cárcel, aunque se trate de una narración ficcional. Por otro lado, y sin proponérselo, logra calar en la institución penitenciaria y ofrecer un análisis sociológico de ella como nadie lo había hecho hasta ese momento.

El profesor e investigador Lubomír Doležel ha criticado fuertemente la «doctrina de la mimesis, una teoría de la ficcionalidad que afirma que las ficciones son imitaciones o representaciones del mundo verdadero, o de la vida real».[6] Su libro sobre este tema considera las ficciones como «mundos posibles» en cuyo caso «al construir mundos ficcionales, la imaginación poética trabaja con “materiales” extraídos de la realidad; en la dirección contraria, las construcciones ficcionales influyen profundamente en nuestra representación y comprensión de la realidad».[7]

En el caso de la narrativa de ficción carcelaria la defensa a ultranza de los mundos posibles es casi innecesaria pues se presupone que parten de una realidad palpable. Por tanto, ante un universo que necesita ser concientizado, comprendido e incorporado al conjunto de saberes y discursos sociales la narración ficcional es una vía con grandes posibilidades para lograr acercarse sutilmente al conjunto social, sensibilizarlo y comprometerlo. Quizás por ello Montenegro optó por escribir una novela y no un testimonio sobre la cárcel, descontando las libertades que permite la ficción y los recónditos parajes a los que puede acceder el subconsciente pues, como afirma el escritor uruguayo Alfredo Alzugarat, la praxis de enunciación  del testimonio «ha demostrado que existen límites a la verdad que resultan inevitables».[8]

La novela que conduce al penado 8962 a la cúspide de la fama es un documento de incalculable valor para conocer el estado de la institución penitenciaria en Cuba, muchos de cuyos males provenían de la etapa colonial. Y no solo eso, Montenegro se adelantó a valiosos estudios sobre la institución penitenciaria que hoy nos describen razonadamente cómo funcionan ciertos mecanismos al interior de ellas, qué ocurre con el individuo una vez que traspasa el portón que separa el «afuera» del «adentro», cómo se confrontan, complementan o sustituyen sus saberes múltiples, cómo (inter)cambian su códigos, valores y significados, y en qué medida la prisión reforma o degrada al individuo, por solo mencionar algunos aspectos.

La particular construcción de subjetividades, por ejemplo, es uno de los aspectos que con mayor relevancia se desprende del mundo observado en la novela. La noción de las identidades —específicamente en relación con la sexualidad y el género— cambia drásticamente en el espacio carcelario. Todo aquello que suponemos perfectamente definido, establecido y aceptado en el afuera, cambia en el adentro. Hombres sin mujer puso en evidencia y problematizó hace ya casi noventa años algo que fue observado por el sicólogo Rodrigo Parrini Roses en el Reclusorio Varonil Norte del Distrito Federal  de México en 2004 y que dejó asentado en su excelente libro Panópticos y laberintos (2007): la clave del funcionamiento de los regímenes subjetivos y de poder en la cárcel, al menos en el ámbito del género y la sexualidad es la mutabilidad de las identidades, la no existencia de jerarquías estrictas ni posiciones fijas y estables. Las identidades se traslapan y fluyen, lo cual refiere un «orden performativo de las identidades y la subjetividad».[9]

Las delimitaciones estrictas que funcionan a nivel social en el exterior del edificio-prisión deben ser obviadas dentro. Hay que «entender al género como una línea cuyos costados son trazados desde dentro: se está en un campo indeterminado, se está entre […], afirma Parrini (p. 18). Al no entender esto nacen las múltiples contradicciones experimentadas por Pascasio, el viejo prisionero que tras ocho años de encierro se aferra a su hombría montuna, mientras se mantiene alejado de las relaciones carnales con otros hombres, las condena y rechaza abiertamente, pero luego cae rendido ante la «naturaleza en transición» de Andrés, el adolescente que ingresa a la prisión y que termina causando su descalabro.

El género en el espacio carcelario, como también evidencia la novela, «construye una escena de la identidad en que los contenidos corresponden con las formas, los significados con las prácticas y los sujetos con sus intenciones», al decir de Parrini (p. 18), mientras que

La masculinidad también es un laberinto que permite que los significados vayan por un lado y las prácticas por otro para que nunca coincidan ni a nadie se le ocurra pedir coherencia. Se impone, entonces, un silencio riguroso bajo la égida de la violencia. No importa lo que se haga, lo que importa es lo que se diga. El poder actúa microfísicamente sobre el habla y las palabras, para que nunca se junten con las cosas que enuncian (p. 19).

El narrador de Montenegro dedica un generoso párrafo a la definición de lo que se considera hombría en un espacio como aquel, refiriéndose a Brai, el preso más respetado de la cárcel, y donde conviven en perfecta armonía condiciones que en otras circunstancias podrían tener otro signo:

El que era toro de verdad no podía explotar a los infelices por sistema, aunque sí coger lo que le hiciera falta donde quiera que esto estuviera; ni cometer abusos, pero no andarse con chiquitas si llegaba la hora de castigar cualquier equivocación; ni preocuparse de la ropa que se ponía; ni fijarse mucho en los toques de corneta reglamentarios; ni andarse con demasiadas precauciones si se llevaba algún muchacho al hoyo; ni consentir que un preso jefe de galera lo avasallase a título de galones; ni perder la cabeza por un muchacho determinado, aunque sí pelear hasta el fin si le molestaban al que, por el momento, vivía con él —y eso no por el muchacho, al que siempre debía tratar con despego, sino por él mismo—; ni enamorarle «la mujer» al amigo; ni negarle un arma a un compañero, siempre que la quisiera para un asunto que mereciera la pena; ni eludir responsabilidades; ni echarse al suelo como los demás si por plante de rancho, u otra razón cualquiera, ordenaban en la galera un bocabajo.[10]

Ciertamente el actuar va por un lado y la palabra que enuncia por otro. Brai nunca fue tildado de flojo o afeminado, o pájaro, por sus relaciones con la Duquesa. Sin embargo, la hombría de Pascasio fue puesta en tela de juicio por no aceptar los requiebros de la Morita porque: «¿Quién ha visto a un hombre de verdad que zafara el cuerpo a un afeminado, como le sucedió al ranchero con la Morita? […] los presos desconfiaban por instinto de los que alardeaban de serios» (p. 163).

Aprender a escuchar y manejar el rumor carcelario es otro de los saberes que se incorporan en la prisión. El comentario itinerante, clandestino, supuestamente secreto, tiene en la cárcel una fuerza extraordinaria. El rumor, el comentario, la información, la bemba (como le denominan otros) salva o destruye. «En ese mundo, donde los signos están prohibidos o rigurosamente controlados, todo es signo y mensaje», dice Emilio de Ípola en relación con la cárcel política, pero noción perfectamente aplicable a cualquier otra institución de ese tipo.[11] «Todo es recibido y asimilado prioritariamente como hecho significante, como mensaje a descifrar e interpretar, como confirmación o refutación de hipótesis previas y origen de otras nuevas» (pp. 29 y 30).

Manuel Chiquito, mandante de la galera, hace valer su interés en Andrés porque «anda diciendo por ahí que recibió una carta de la madre del muchacho, recomendándoselo» (p. 15). Pascasio es emparejado con la Morita a causa del rumor que ella misma había puesto a circular y enfrentarla sería peor porque él «sabía por experiencia que caer en la boca de los presos era lo mismo que caer en un río sin saber nadar» (p. 20). El desenlace de la relación entre Andrés y Pascasio es el resultado del comentario lanzado a su oído. La prisión en este sentido se convierte en una camisa de fuerza, donde no hay elección o salida posible cuando la verdad se construye a partir del rumor que te cerca, te inhabilita y te destruye.

La institución penitenciaria propicia la construcción de nuevos conceptos; obliga a aprender y aprehender nuevos saberes; se construye un universo en miniatura con nuevos códigos, nuevas formas de conducta y nuevos lenguajes. La supervivencia allí depende de su aprendizaje. Montenegro, desde los lejanos años treinta muestra cómo ocurren estos procesos, lo agónico de esta incorporación forzada y sus efectos sobre el individuo. El hecho de que estudios recientes problematicen y teoricen sobre estos aspectos evidencia la actualidad de su obra.

 

 



[*] Ponencia leída como parte del Panel Narrativas y ritos de subversión, organizado para el Congreso LASA «Diálogo de saberes», en la Pontificia Universidad Católica del Perú, el lunes 1º de mayo de 2017, revisada y actualizada para esta publicación.

[1] Se sabe que el escritor venezolano Antonio Arráiz publicó también en 1938 su novela Puros hombres, donde aborda la temática carcelaria desde el punto de vista de un preso político, pero su calidad literaria no es comparable a la de la novela de Montenegro.

[2] Para tener más detalles extraídos de la prensa sobre los sucesos acaecidos, y en general sobre la vida y la obra de Montenegro, debe leerse el sustancioso prólogo de Jorge Domingo Cuadriello a Hombres sin mujer, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2018.

[3] Enrique J. Pujals: Vida y memorias de Carlos Montenegro, Miami, Ediciones Universal, 1988.

[4] Desde la cárcel publica varios cuentos sobre el tema carcelario y allí conoce a Pablo de la Torriente Brau, durante la breve estancia que tiene en el Castillo del Príncipe antes de que este último fuese trasladado al Presidio Modelo, en la Isla de Pinos. En el prólogo de su libro testimonial Presidio Modelo, Pablo de la Torriente lo mencionó como uno de los tantos que habían apoyado la propuesta de hacer un comité director del Presidio que enfrentara con justeza el problema de los presos y terminara con la jefatura militar que allí existía. Allí también comenta sobre las informaciones que Montenegro les facilitaba acerca de la barbarie que se fomentaba en las cárceles cubanas: «Montenegro, con su pluma de colorido sombrío, con su experiencia amarga de la prisión, testigo excepcional, hará páginas también excepcionales sobre la figura de Castells. Fue él precisamente, uno de los primeros que en “El Príncipe”, nos habló de los horrores de aquella vida del hombre preso, hedionda y puerca, como un chiquero». Presidio Modelo, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975, p. 127.

[5] Quizás Montenegro se afilia demasiado pronto al Partido Comunista (1933), y por sus convicciones, que no se correspondían en buena medida con las de la mayoría del grupo, sumado a las contradicciones internas del partido, provoca la violenta ruptura con ellos en 1945.

[6] Heterocósmica, ficción y mundos posibles. Traducción del inglés Félix Rodríguez, Madrid, Arco/Libros, 1999, p. 10.

[7] Ibídem, p. 11. El subyrayado es mío.

[8] Trincheras de papel. Dictadura y literatura carcelaria en Uruguay, Montevideo, Ediciones Trilce, 2007.

[9] Panópticos y laberintos. Subjetivación, deseo y corporalidad en una cárcel de hombres, Ciudad de México, El Colegio de México, 2007, p. 17.

[10] Hombres sin mujer, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1994, p. 162. Los subrayados son míos.

[11] La bemba. Acerca del rumor carcelario, Buenos Aires, Siglo XXI Editores Argentina, 2005.