era tan pequeña aún
que nos preguntaban si era
niña o niño
era tan blanca
que la cal que la cubrió
se hace cada vez más blanca
en cuatro días se gastó
más oro que en una infancia
—en martirizarla sólo—
con un balanceo de ahorcados
se quedaron en su cuna
las canciones de dormirla
de su sonajero azul
nacía un silencio más grande
que el de su misma frialdad
el viento estiraba llantos
hasta las casas felices
miedosamente abrazados
reconocíamos que éramos
menos que briznas
tu angustia
—una angustia de naufragio—
se ataba como un pañuelo
a mi cuello destrozado
En portada:
Emma Pérez Téllez