Todos los días,
con los ojos y la gnosis en blanco,
entro en redes sociales.
Oteo publicaciones
como el que observa esbozos fugitivos
desde la ventanilla
de un autobús en marcha.
En realidad no sé qué busco
ni me excedo en preguntas
inmerso en la pantalla
que permite disgregar mi vacío,
interactuando a solas
con una neoverdad
que me adjunta a sus links,
haciéndome creer que viajo acompañado
por innúmeros rostros
cuando accedo al tumulto de efigies
y el poder simulante
de las huecas palabras.
Descolocado y frívolo
supongo estar alerta
en la factoría de mis anulaciones,
pero la subordinación al virtualismo
que desnaturaliza
ya extendió sus tentáculos
más allá del entorno
en que soy un recluso
en situación de pánico,
mientras arrecia el naderío habitual
de la noción catástrofe.
Descolocado y frívolo
sé que no creo en el hombre
que amplifica y edulcora sus máscaras,
pero voy a las redes,
una y otra vez entro en las redes,
a diluir la irrealidad que soy
en el recalcitrante desvarío de los otros.
En portada:
Ronel González Sánchez