Milho Montenegro
Ensayo

Ablación de la identidad trans en el presidio

Milho Montenegro

El drama actual de la prisión es que engendra más problemas éticos, sociales, psicológicos y económicos que los que resuelve.

Edmundo Oliveira

 

I. Hacia una comprensión necesaria*

 

A través de la cultura la sociedad se (re)genera y se (re)estructura constantemente, garantizando así la supervivencia de sus reglas y estándares; es decir, de sí misma. En el flujo de su funcionamiento se encuentran inscritas, hace mucho, rígidas formas de actuar para cada individuo. Se trata de un molde que configura y fija el ser y el pensar de hombres y mujeres. Es por esto que desde tiempos inmemorables han existido los sujetos subalternos.

Entre estos individuos tiranizados por la sociedad y su cultura se encuentran las personas trans. Personas que ante la mirada hegemónica resultan entes estrambóticos que no pueden adecuarse a los parámetros estéticos y de comportamiento que se espera de ellos según su sexo biológico. De ahí que sus meras existencias generen conflictos y constituyan un punto de tensión que amenaza el equilibrio del ideal imperante.

Los individuos trans, según el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-V), padecen lo que se ha dado en llamar disforia de género. Se trata de un sentimiento de marcada incongruencia entre el sexo biológico —asignado al nacer— y el sexo psicológico, lo cual produce una profunda sensación de molestia y angustia, así como ansiedad, depresión y otras emociones nocivas que terminan afectando todas las esferas de la vida. Más allá de la terapia hormonal, la asignación legal de la nueva identidad y la cirugía de confirmación de género como parte del tratamiento para disminuir o erradicar esas emociones perniciosas, estas personas enfrentan en sus vidas cotidianas actitudes de rechazo, bullying y maltratos.

Esas posturas de no aceptación y de burla que muchas veces vienen acompañadas de una violencia manifiesta en los planos verbal, psicológico, físico y simbólico, afectan e impiden la adaptación creadora de estos sujetos al medio en el que se hallan inmersos. Las dinámicas de vida para ellos se tornan hostiles y, sobre todo, los mantienen en una alerta constante frente a las posibles agresiones; por lo cual más que vivir, tratan de sobrevivir.

Justamente por todo lo anterior, las mujeres y hombres trans casi siempre se ven empujados hacia derroteros aciagos y condiciones precarias de existencia, que van desde la imposibilidad de hallar un trabajo y el rechazo familiar, hasta la drogadicción, la prostitución y la cárcel. En el caso de las mujeres trans (hombres biológicos) estos escenarios pueden ser mucho más aplastantes, ya que la cultura machista refuerza el desprecio y la denigración hacia ellos, por romper con la imagen del hombre patriarcal y dominante. De ese modo, estos son más propensos a las conductas delictivas que los llevan a la prisión, donde todas las formas de denigración y violencia suelen traspasar los límites de tolerancia.

El encarcelamiento en un reformatorio para hombres de una mujer trans que no tiene identidad legal femenina asignada, y tampoco se ha sometido a la cirugía de confirmación de género, constituye un conflicto actual para la ley penal y, asimismo, implica una disyuntiva emocional para el sujeto preso que se siente anatópico en ese medio; y también para el resto de los reos que lo perciben de igual modo. 

 

II. Ablación de la identidad trans en el presidio

 

El cuento «Piel rota»,[1] del escritor David Martínez Balsa (La Habana, 1991), narra una historia que se erige a partir de ciertas vivencias en la cárcel de un hombre que se autopercibe como mujer; es decir, puede constatarse en la voz del personaje una marcada y mantenida disconformidad entre su cuerpo biológico y su identificación psicológica con el sexo opuesto:

Claro, no reparé en esas cosas hasta que, de niña, empecé a odiar la imagen que me devolvían los espejos. Siempre sentí que algo faltaba. Había que añadir detalles que supe eran míos, que necesitaba para sentirme completa. Y los empecé a incorporar, a hurtadillas al principio, porque si papá me cogía, dejaba de ser papá el cariñoso y se volvía papá el chillón, su voz ronca, el rostro enrojecido, de animal rabioso, que no paraba de gritarme: ¡Maricón, los hombres no se pintan los labios, cojones! Gritos y caras rojas primero. Después, gritos, caras rojas y cintos. ¡Cuidado con llorar! Llorar es de maricones.[2]

Resulta en extremo atrayente que Martínez Balsa haya tomado la voz de una mujer trans, negra y reclusa para erigir su ficción. En este caso, se trata de condiciones realmente aplastantes que suponen cuatro formas de subalternidad. Si se toma en cuenta que la sobrevivencia de todo individuo dentro de la cárcel es directamente proporcional a la rápida adaptación a las circunstancias adversas del medio —esto es, entre otras cosas, la apropiación y exteriorización de la microcultura del penal, que permite la resistencia somática y emocional, todo lo cual se ha puesto en contraste con la postura «delicada» del personaje narrador—, no quedan dudas de que hay un marcado propósito de denuncia y crítica sobre una problemática que constituye un foco de alarma para las sociedades de hoy.

Cuando una mujer trans es puesta en una prisión para hombres sin un trato diferenciado, ocurre lo que he denominado «ablación de la identidad trans». Me refiero a ese conjunto de maniobras despóticas, ejercidas por la entidad penal, donde el sujeto preso es despojado de aquellos atributos externos (ropa, maquillaje, pelucas o cabello propio) e identitarios (sobrenombre femenino) que lo hacen sentir más satisfecho y cercano con el sexo que psicológicamente se identifica.

Esta ablación destruye el bienestar emocional que había conseguido el cuerpo trans antes de entrar a la cárcel. Se produce una ruptura entre lo que opera internamente en el recluso y lo que se espera de él en el medio carcelario, ya que al mantener sus órganos genitales masculinos se le exigirá actuar como «hombre» a pesar de sentirse como «mujer». Lo que se busca con estas prácticas dentro de la entidad penitenciaria es lograr la inserción del cuerpo trans en la rutina arbitraria del reformatorio, la cual está basada en una uniformidad estética, de comportamientos, horarios y vestimenta, establecida para los individuos que se hallan en ese espacio; es decir, para varones.

Sobre lo anterior, las investigadoras Nathalie de la Caridad Miret, Amy Mae Hernández y Celia María Yzquierdo, comentan:

Finalmente, se han detectado frecuentes episodios de violencia física, psicológica, sexual y simbólica que estas personas enfrentan. Las principales manifestaciones se refieren a restricciones a su expresión de género mediante la prohibición del uso de ropa o accesorios tradicionalmente asignados al género opuesto bajo la premisa de que permitirlas atenta contra la disciplina penitenciaria. Además, existen múltiples casos documentados de golpizas, violaciones, requisas abusivas por parte de personal de custodia, e incluso casos de redes de prostitución forzada de mujeres trans con la anuencia del personal penitenciario. Muchas veces las autoridades penitenciarias han favorecido la impunidad de estos actos al no establecer mecanismos de denuncia adecuados o desalentar a las víctimas mediante amenazas, medidas disciplinarias o traslados.[3]

No obstante, el cuerpo trans que se halla en una prisión para hombres está sometido no solo al régimen brutal de disciplina del penitenciario. Los otros reos contribuyen y son parte del mecanismo de destrucción del yo trans. La violencia física y sexual, la burla y el rechazo impuestos por aquellos que desde sus actitudes hostiles imponen su poder y rigen las dinámicas interpersonales entre los presidiarios, pueden rechazar, someter y denigrar a estos sujetos, lo cual es también una manera de ablación de su identidad.


Destrucción de la identidad alternativa femenina

 

La familia, como grupo primario de socialización, constituye una parte esencial de la sociedad. Es por eso que representa y responde a los intereses de esta, reproduciendo todos su códigos y estándares. Por otro lado, entre sus funciones esenciales se encuentran las de protección, apoyo y transmisión de afecto a sus miembros. Sin embargo, no siempre ella será un espacio para potenciar de manera asertiva el bienestar emocional y psicológico de sus integrantes. Cuando un miembro de la familia no responde a los intereses prestablecidos en la dinámica de sus relaciones interpersonales y de comportamiento, usualmente se instala una crisis que socava la armonía y produce distanciamientos, reproches y, en casos más severos, violencia y sentimientos de odio.

Para el personaje narrador de Martínez Balsa, el rechazo de la familia a su necesidad de sentirse mujer comienza en su niñez. Allí es incomprendido y por lo tanto forzado a mantener una apariencia acorde a lo que se espera de él, en tanto sujeto nacido masculino:

Sí, odiaba ese uniforme, los pelos cortos y tener que modificar la voz, actuar mis movimientos, desplazarme como si el mundo estuviera repleto de púas y un paso de los que yo quería dar, un gesto de los que yo quería hacer, me costase una grieta en la carne o peor, una paliza fuera de la escuela, o más tarde en la casa porque al maquillaje de mamá le faltasen porciones o me cogieran, tarde en la noche, usando sus tacones o probándome su ropa ante el espejo, que, en esos momentos furtivos, parecía sonreírme, orgulloso de la reina que se le parapetaba delante. Los odié a todos y me odié a mí misma durante muchísimo tiempo, no por ser mujer, sino por andar encadenada a esa figura de la que no podía escabullirme, no sin arrastrar el resto de mí con ella.[4]

Si bien se puede leer en este fragmento que hay una marcada violencia desde etapas tempranas de su vida hacia sus predilecciones y conductas, las cuales resultan «repulsivas» para los demás en la escuela y en la familia, resulta en extremo aplastante la contravención de las funciones primigenias de esta última. Contravención que se traduce en ese punto de divergencia entre lo que se supone que la familia debe ofrecer (apoyo, comprensión, afecto) y lo que en verdad recibe ese miembro que no se adecua y rompe las expectativas que se tienen de él. 

La «ablación de la identidad trans» puede ocurrir también en el medio familiar, en el escolar y en otras instituciones sociales, sometiendo a estas personas a prolongados periodos de sufrimiento. No obstante, al llegar a la cárcel, estas formas de violencia y rechazo hacia el individuo trans se sobredimensionan. El reformatorio para hombres está regido por reglas y normas establecidas para lograr el orden de la entidad y corregir la conducta desviada de sus internos, siempre a partir de la sumisión de estos:

 Siguieron quitándome cosas, incluso después de meterme presa. El primer día, en el calabozo, me arrebataron el vestido, luego sentí hasta en el espinazo el frío del agua que arrojaron sobre mi piel para borrar el maquillaje. Se rieron, dijeron que tenía que ir presentable al juicio, que yo era un hombre y como hombre debía presentarme al tribunal. Cortaron mis cabellos largos y me empotraron ropas grises, de macho. Me juzgaron como un hombre, me sentenciaron como un hombre y me mandaron a una prisión de hombres. La mujer, la negra, la puta, a una cárcel de machos.[5]

En la lectura del fragmento anterior, se evidencia la manera arbitraria en que la cárcel ejerce su poder para despojar al cuerpo trans de todos sus atributos identitarios (vestido, maquillaje, cabellos largos) y la imposición de una vestimenta acorde a la ordenanza carcelaria (ropas grises, de macho). Si bien estas prácticas pueden ser entendidas como una forma de deshumanización del reo[6], en este caso lo asocio directamente con lo que he denominado «ablación de la identidad trans», ya que ambas se distancian en cuanto a objetivos y en los niveles de profundidad del daño psico-emocional que provocan en el reo.

Cubierta del libro "Nuestra es la sangre", de David Martínez Balsa

Cubierta del libro "Nuestra es la sangre", de David Martínez Balsa


Esencialmente, la deshumanización del recluso busca anular la personalidad de este, reducirlo a un objeto para lograr mayor efectividad en su sometimiento. Por su parte, la «ablación» destruye la identidad alternativa que se ha creado el cuerpo trans y que en la cárcel no se percibe como legítima, real o «normal». Esa «destrucción» pone al descubierto la identidad primigenia de ese sujeto, la cual no es deseada ni aceptada por él. 

Si la primera provoca un deterioro psicológico y emocional en el preso, la segunda alcanza niveles corrosivos de menoscabo, por lo que sus efectos son más floridos y manifiestos. Con la ablación de descoloca la imagen del cuerpo trans; es decir, se subvierte la armonía soma/psiquis que se había logrado con la identidad alternativa femenina y se obliga al reo a asumir esa masculinidad biológica detestada por él. O lo que es igual, es forzado a padecer dos tipos devastadores de cárcel: la corporal y la punitiva. En este caso ambas resultan altamente destructivas y terminan por corromper soma y espíritu. 

Por otro lado, que una mujer trans ingrese en una cárcel para varones, descoloca las pautas «masculinas» asociadas a este espacio atendiendo a los genitales biológicos, las cuales se consideraban inamovibles. De ahí que en un artículo del sociólogo David Urra Grimal se explique:

Así, su lucha reside en resistir dentro de este contexto hostil y preservar su identidad femenina. Su mera presencia en la prisión supone una transgresión de los códigos de sexo-género normativos (Rosenberg y Oswin, 2014). El hecho de que un hombre (sexo atribuido socialmente por la genitalidad) se quiera adecuar a los roles de género femeninos, e incluso cambiar su anatomía para convertirse en una mujer, se interpreta por parte de los reclusos, inmersos en un ambiente hipermasculinizado, como bajar de estatus dentro de la jerarquización social. (Jenness y Fenstermaker, 2014).[7]

Por todo esto, tanto el penitenciario como los reclusos van a atentar contra la identidad alternativa femenina del sujeto trans. Esto es, derogarla, de modo que se busque recuperar el orden «masculino» y mantener la uniformidad de los reos en todos los aspectos. También se procura eliminar la amenaza que constituye la feminidad trans para el imaginario carcelario instaurado sobre estereotipos y mitos donde el hombre que sobrevive dentro de la cárcel es fuerte, valiente y «macho».

 

Trans y negra vs. Dios: triple inferioridad

 

Hay que tomar en cuenta que en esta historia de Martínez Balsa quien cuenta los sucesos es un sujeto que se identifica psicológicamente con el sexo opuesto y que posee, además, piel negra. Estas características del narrador personaje no son insustanciales en esta narrativa, ya que hacen que la denigración sea mucho más demoledora o, al menos, que el individuo lo perciba de ese modo.

Socialmente se suele vincular —de manera estereotipada— a las personas de este color con las conductas delictivas. Estos hechos son espurios y, más que nada, nocivos. Ya la marginación en esta historia no se expresa solo en términos de transfobia, sino también en el racismo, lo cual se constata allí donde la voz narrativa expresa: «Fui “la maricona”, “la hembrita”, “el pájaro”, “el negrito desviado”. ¡Qué cara me ha salido esta piel con la que tantos gozan! “Maricón y negro, para colmo”; decían»[8], y también donde comenta: «Me odian, me odian porque soy mujer, porque soy negra».[9]

Resulta evidente en la voz discursiva una percepción de rechazo de los demás hacia su condición de sujeto negro y trans. Ambas condiciones suponen estados de subalternidad que someten y reducen a estas personas, condenadas por ello a constantes prejuicios y frases denigrantes. Relacionado con lo anterior, la investigadora y ensayista cubana Zuleica Romay dice:

La diferencia entre el hombre blanco heterosexual y el hombre negro homosexual se codifica en términos de doble inferioridad, la cual exige doble subordinación, no importa qué cualidades y recursos el más oscuro posea. Esa distancia emocional que los homofóbicos convierten en distancia humana, alienta en la mirada de cejas enarcadas y gesto despectivo del que murmura, casi siempre a oídos de terceros: «¡Como si fuera poco: negro… y maricón!».[10]

Para la sociedad patriarcal hegemónica no es igual ser una mujer trans de piel blanca, que una de piel negra. Si bien ambos casos pueden recibir marginación y desprecio, cuando un individuo negro es gay o trans, esto supone dos formas de desubicar la representación mental, occidental y machista que se tiene de la figura masculina, sobre todo del hombre negro. Primero, porque se espera que todo hombre cumpla con la norma heteronormativa preponderante y, segundo, porque la imagen que se ha construido del negro es la del individuo fuerte y viril. 

En este mismo sentido, el autor de esta historia logra altas dosis de acusación y de ironía, reforzando los niveles de marginación a los que es sometido su personaje, allí donde aparecen los emisarios de Dios en la cárcel, como parte del andamiaje penal para la corrección moral-religiosa de los convictos:

Recuerdo a los curas que vinieron de visita una vez, los mandaban a reforzar la moral religiosa de los presos. Se acercaron a todos los reos, uno por uno, trataron de “inclinarlos al camino de Dios”, buscar en El Señor un escape, la redención. A mí ninguno de esos curas se me acercó. Ignoraron a la mujer entre machos, a la negra, la figura discorde que, desde su camastro, los observaba ir de un extremo a otro predicando Su Palabra en las galeras.[11]

En estas líneas se advierte el menoscabo psicológico que experimenta y expresa el sujeto trans. Se constata en su propia voz el dolor de sentimientos de inferioridad que llega ante la «negación» de los curas hacia su persona. Este pasaje es realmente mordaz, pues se pone en tela de juicio los preceptos bíblicos más cardinales, se cuestiona la esencia misma de Dios o, lo que es igual, su amor por la humanidad, su capacidad de perdón y de infinita bondad. Aquí, más que reproche, se emite denuncia. Ni siquiera Dios, a través de sus discípulos, «mira» a su celda, se siente menospreciada incluso por la Deidad Redentora cuya índole son el amor y la misericordia. Pero, a modo de resistencia, ella se aferra a un Dios otro, propio, lo cual es una forma de rebeldía ante el descrédito ajeno («Los dejo con su deidad, tan ciega como sus adeptos. El Dios al que mando mis oraciones es de otra clase, no es propiedad de nadie»).[12]

En las palabras de este personaje, se exterioriza lo que él vivencia como rechazo de los demás reclusos y del penitenciario mismo ante su condición de persona negra y trans, así como la exclusión que sufre por parte de los emisarios de Dios. Todos estos escenarios implican una triple inferioridad que no solo demuelen su sistema psicológico y emocional, también vienen a ser tres vías de anulación de su identidad. 

 

Poder del recluso dominante: violencia y castración

 

Acerca del poder sobre los otros, el filósofo búlgaro Tzvetan Todorov comenta que: «Lo importante aquí es que el otro dependa de mí, no que él viva tal o cual experiencia: esta puede ser el placer o el sufrimiento, pero ha de establecerse el hecho de que sea yo el responsable de él».[13] En este mismo sentido, Zuleica Romay dice:

El acto de denominar y clasificar confiere poder sobre los otros y les arrebata la posibilidad de preservar su identidad, pues las nuevas aplicaciones del lenguaje la subvierten. La violencia implícita en la clasificación se complementa con un ejercicio persuasorio para legitimar, de forma pausada y convincente, la inferioridad tantas veces proclamada. Hasta que cada víctima, asomada a un espejo, perciba en sus rasgos el estigma.[14]

Vinculado a esto, en el cuento de Martínez Balsa se pueden evidenciar algunas formas de poder, todas despóticas, dentro de la institución penitenciaria. Se percibe el poder institucional absoluto (la cárcel), el poder de sus representantes (carceleros) y el poder alterno (del recluso que domina las galeras). Este último puede ser divergente o no con relación al resto y supone una tiranía que se ejerce por un recluso dominante, desde el miedo y la violencia, sobre los demás convictos.

Ese poder viene acompañado de la potestad de clasificar, legitimar y decidir cómo serán las relaciones entre los presos, y también con el objetivo de reducir a los otros para anular su identidad y carácter, y así ejercer una dominación más efectiva. Esta dominación se vale de cruentos castigos para aquellos que desafíen la jerarquía de quien comanda. En el texto que me ocupa se lee:

Y El Semental, dueño y señor de la galera, impuso una ley. El placer es más que bienvenido, aquí son todos hombres y un hombre necesita sexo. Además, entre las numerosas formas de pago en la cárcel, los favores sexuales ocupan un alto puesto y El Semental jamás se atrevería a ir contra la marea, no cuando él es uno de los principales beneficiados de ese sistema. Su única ley es que los hombres disfrazados de mujer equivalen al fondo de la cadena alimenticia. En su jerarquía, soy el eslabón débil, la lacra, la escoria entre escorias, cuyo único propósito es el de entregar mi cuerpo sin esperar nada a cambio, al menos no de él o de sus lacayos. Nunca, por su ley, me corresponderá ningún tipo de respeto y cualquier intento de exigirlo traería serias consecuencias.[15]

En este fragmento se puede advertir que el «señor de la galera» ha impuesto una regla que implica, de manera coercitiva, la negación de la figura trans en el penal. Este elemento resulta notorio, pues, a diferencia de muchos otros textos que se desarrollan en el submundo del espacio carcelario, estos individuos «afeminados» pueden llegar a ser bien recibidos por algunos reos cuando llegan a la cárcel. Aquí, por el contrario, el jefe de las galeras prohíbe la identidad y la expresión corporal del personaje principal.

Como regente, El Semental ha determinado que solo quiere hombres para satisfacer el acto sexual dentro de las celdas. El resto de los presos debe acatar esta ordenanza y pagar las consecuencias en caso de insubordinación. La esencia femenina del sujeto trans no es bien recibida, resulta indeseada para el convicto que rige y por eso su presencia es un desafío al mandato, constituye un punto de tensión.

Pero no es solo la figura del sujeto trans lo que tensiona el clima del penal y provoca conflictos con el reo dominante. Ella, en un acto de desacato voluntario, se rebela tratando de mantener la dignidad, no quiere ser más menospreciada, no soporta que se le humille tratándola como masculino y alza su voz para que todos sepan que no es «él», sino «ella»:

El Semental jugaba al comprensivo conmigo, explicó las reglas y dijo que mientras me comportara e hiciera lo que él pidiese, llegaría intacto a la calle, sería un hombre libre. Y no pude más, había resistido mucho. Esa vez, la ira apagó el miedo, solo por unos segundos, los suficientes. Desde el principio, llevaba equivocándose en las palabras, una y otra vez: Preso, intacto, ¿hombre? ¿En serio? ¿Hombre? ¡No! Presa, intacta, mujer. ¡Mujer! “¡Mujer, cojones! ¡Mujer!”, grité.[16]

Más tarde, como castigo, le fue propinada una golpiza: «Fue la última vez que grité aquí. Luego, estuve un mes en la enfermería, reviviendo la paliza de El Semental y sus hienas».[17] En cambio, este escarmiento no consigue podar su naturaleza y, en otro acto de desacato contra la ley de El Semental, el sujeto trans busca reafirmar y mantener su femineidad:

Y en las noches, cuando nadie miraba, me pintaba los labios, usaba mi maquillaje y volvía a ser yo, la mujer prisionera en una cárcel de hombres. Pero aquí, ningún secreto es secreto durante largo rato. Alguien le dijo a El Semental de mis actos nocturnos y él volvió a visitarme. Esta vez la diplomacia se fue por la borda. Después de la paliza y la violación en las duchas, se acuclilló a mi lado y solo dijo: «¿Sabes cuál fue tu primer error? Tratar de ser más mujer de la cuenta. Vuelves a retarme y te mato».[18]

Otra vez la golpiza por la irreverencia, por atentar contra «el señor de la galera», por desbalancear ante los ojos de los demás presos su autoridad. Y aun así no se rinde el sujeto trans de esta historia; a pesar de todo, procura resistir, mantener su decoro. Ella lucha contra los secuaces del regente y asesina a uno de ellos. Esto intensifica el conflicto y tensiona mucho más el clima del penitenciario, hasta llegar a un desenlace brutal donde la castración de sus genitales masculinos es la cúspide de la violencia en este texto:

Todos los reos se acercan, quieren ver. «Sabes lo que te toca, ¿no?», dice El Semental y yo no hablo. Solo me rio, me sigo riendo, deseando que el cuchillo que veo asomar en la mano del rey de la galera logre cortar mi miedo junto a todo lo demás. Las hienas me bajan el pantalón. «¿Tú no querías ser mujercita?», dice El Semental mientras su mano me agarra el sexo, «Vamos a volverte una ahora mismo».[19]

La violencia como forma de mandato en gobiernos dictatoriales suele ser efectiva, esta provoca miedo y desesperanza en los subordinados, al tiempo que limita toda posible disidencia. Así, resulta viable la manipulación de sus conductas y la supresión de derechos elementales para convertirlos en entes desprovistos de voluntad. Dentro de la cárcel, que es un escenario esencialmente tiránico, la violencia es parte inherente de las relaciones interpersonales de los reclusos y constituye un mecanismo eficaz para imponer respeto y estatus; es decir, poder.

No obstante, esta violencia arbitraria no siempre es efectiva y de ella pueden surgir también formas de resistencia. En este cuento de Martínez Balsa, el individuo trans sonríe mientras El Semental le extirpa sus genitales con un cuchillo. Esa risa que aparece justo en un instante primordial de abuso en la historia y que, además, quien abusa no la espera, viene a ser un elemento de elevada ironía dentro de estos sucesos. Esa risa subvierte el daño y el maltrato, trastoca el efecto que se busca por parte del opresor y emite un mensaje de absoluta disidencia contra el poder del reo dominante. 

La identidad trans femenina se ha salvado de la ablación total: ya la extirpación de los órganos sexuales masculinos no es un castigo, sino liberación, una escapatoria de aquello que desde siempre consideró detestable y que atentaba en contra de sí misma. He aquí el punto más encumbrado del sarcasmo: el abusador cree que castiga, pero a quien se cree abusar recibe el acto como redención de su propio ser, de su yo femenino, que al fin se libra de las viejas cadenas de sus genitales de hombre. 

 

El cuento de David Martínez Balsa inserta, dentro de la narrativa cubana de hoy, un tema de profundo impacto no solo social y humano, sino también penal. La mujer trans en una cárcel de hombres representa una problemática que en la actualidad sigue siendo objeto de estudio y de constantes cambios jurídicos y cívicos. El tratamiento del autor a esta temática en su discurso es subversivo, irreverente, y obliga a un profundo análisis por las diferentes capas de denuncia que se manejan en el relato.

Aquí se han expuesto también formas brutales de ejercer el poder dentro de la institución carcelaria. Estas resultan inherentes al espacio penal y contribuyen a mantener un clima hostil que es más nocivo para aquellos que son valorados como «débiles», «femeninos» o «inferiores». El individuo trans, desde su femineidad, disiente con el orden «masculino» que se atribuye y rige la dinámica de la prisión. Justo por eso, las distintas categorías de poder (la institución misma, sus representantes y el del recluso dominante) al margen de sus intereses propios, convergen en un objetivo común: la ablación del cuerpo trans; o lo que es igual, la supresión de sus elementos corporales y de su esencia femenina. De ahí que, desde el título mismo («Piel rota»), se haga alusión a la violencia y al acto final de la castración. Aunque, yendo un poco más allá, ese título resulta también una analogía de los trances en que en la prisión se le despoja al sujeto trans de sus atributos femeniles, y de ese modo se le «rompe» esa piel otra que él se construye para sentirse y parecer mujer.

En estas líneas se manejan, además, otras actitudes denigrantes y nocivas como el racismo, que, aunque penalizado por la ley, continúa provocando dolor y sentimientos de menoscabo en algunas personas. Esto constituye una crítica a la norma de belleza occidental que la cultura hegemónica ha legitimado en detrimento de aquellos que no encajan en sus estándares.

Se trata, por ende, de un cuento con una elevada carga de acusación, donde se expone a la entidad penitenciaria como un aparato de opresión, que ya no solo es marginal y marginado, sino también marginador. Incluso en un sitio como este, donde se halla recluida la «escoria social»; es decir, aquellos seres que la sociedad ha rechazado por considerarlos execrables, se establecen otros métodos de exclusión entre los propios reclusos. Así, algunos serán los dominadores; y otros, los dominados y catalogados como el eslabón más bajo.

 La presencia trans en la cárcel de hombres que no recibe un tratamiento adecuado atendiendo a sus condiciones de género psicológico, siempre estará sujeta a variadas formas de violencia ante las cuales deberá resistir o claudicar. Esto supone una situación de desventaja para estas personas que terminan traspasadas por el dolor, la humillación y la marginación a las que son sometidas por la propia entidad carcelaria y por el resto de los reclusos. Todo esto subvierte el objeto social del penitenciario e implica un alto costo no solo para las víctimas: también para los victimarios, que, al subyugar a los más «endebles», se alejan del camino para enmendar su conducta y refuerzan sus actos delictivos.

 Esta historia de Martínez Balsa es una proclama desde lo humano, que no solo sensibiliza al lector con aquellos sujetos martirizados por la dinámica tiránica del reformatorio. Es, al mismo tiempo, una incitación a repensar nuestros arquetipos sociales, legales y culturales que muy a pesar del desarrollo alcanzado en todas las esferas del hombre, muchas veces resultan desfasados, inhumanos, destructivos.


Cubierta del libro "Vindicación de las jaurías", de Milho Montenegro

Cubierta del libro "Vindicación de las jaurías", de Milho Montenegro




[*] Este ensayo forma parte del cuaderno «Vindicación de las jaurías (apostillas sobre una poética de los bordes)», Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 2024.

[1] Milho Montenegro: Eterna es la noche. Panorámica de lo carcelario en narradores cubanos contemporáneos, Ilíada Ediciones, Alemania, 2025, pp. 63-69.

[2] Ibidem, p. 64.

[3] Nathalie de la Caridad Miret, Amy Mae Hernández y Celia María Yzquierdo: «Prisión preventiva y comunidad trans en Cuba. Panorama de su regulación a la luz de la reforma legislativa», Derecho Penal Online, Bahía Blanca, mayo, 2023. Recuperado de https://derechopenalonline.com/prision-preventiva-y-comunidad-trans-en-cuba-panorama-de-su-regulacion-a-la-luz-de-la-reforma-legislativa/

[4] Ibidem, pp. 64-65.

[5] Ibidem, p. 66.

[6] Ver en este mismo libro “Gastón Baquero: la cárcel como aparato de deshumanización”.

[7] David Urra Grimal: «TRANSgresión entre rejas: factores de vulnerabilidad en el sistema penitenciario de Barcelona», Athenea Digital. Revista de Pensamiento e Investigación Social, vol. 17 (2): 178, Barcelona, junio de 2017.

[8] Milho Montenegro: Eterna es la noche. Panorámica de lo carcelario en narradores cubanos contemporáneos, ed. cit., p. 64.

[9] Ibidem, p. 66.

[10] Zuleica Romay: Cepos de la memoria. Impronta de la esclavitud en el imaginario social cubano, ed. cit., p. 114.

[11] Milho Montenegro: Eterna es la noche. Panorámica de lo carcelario en narradores cubanos contemporáneos, ed. cit., p. 66.

[12] Ídem.

[13] Tzvetan Todorov: Frente al límite, Siglo XXI Editores, Ciudad de México, 1993, p. 208.

[14] Zuleica Romay: Cepos de la memoria. Impronta de la esclavitud en el imaginario social cubano, ed. cit., p. 118.

[15] Milho Montenegro: Eterna es la noche. Panorámica de lo carcelario en narradores cubanos contemporáneos, ed. cit., p. 65.

[16] Ibidem, p. 67.

[17] Ídem.

[18] Ídem.

[19] Ibidem, p. 68.

Emma Pérez Téllez
Poesía
Por Emma Pérez Téllez

miedo

Texto tomado del libro "poemas de la mujer del preso", dedicado a su esposo el escritor Carlos Montenegro