Cubierta del libro "Nuestra es la sangre", de David Martínez Balsa
Cuento

El olor de su sangre

David Martínez Balsa

Dale, huélelo. Sácalo ahora que no hay nadie en la oficina. Dale, comemierda. Sácalo y huélelo. ¡Cállate, coño! No voy a oler ni cojones. Déjame pensar, hoy el día no está muy bueno y menos contigo jodiéndome la existencia. A ver, a ver, las ocho de la mañana. Ahorita entra el director a pedir el parte del combustible. Ese tipo siempre anda en lo mismo, queriendo saber cuánto queda para repartir y cogerse la mayor parte. Tu opinión nadie la pidió. Vamos, mi socio, sabes que estás de acuerdo conmigo, odiamos a ese cabrón. ¿Por qué no acabas de callarte? Enciendo la computadora y en lo que abre, pienso en mi esposa. Marla no sospecha nada. De lo contrario, me lo habría dicho antes de despedirse. Hoy le toca guardia de nuevo en el hospital. Uno de los cirujanos tiene neumonía y ella debe cubrirlo. Sí, le toca guardia, tendrás otra noche para gozar. Mira cómo se te pone dura nada más de pensarlo. Ya, coño, no jodas más, déjame imprimir el parte del combustible. Empezaron a llegar los otros trabajadores de la oficina, ahora se les irá media hora entre la cháchara sobre los eventos del fin de semana. Qué va, necesito fumar. Sí, ve, siéntate en la escalera de entrada al edificio. Así nadie nos molesta y podemos pensar tranquilos. Del carajo esto, ni con el humo de cigarro entrando a mis pulmones ni distrayendo la vista con el panorama, logro salir de ti. ¿En qué momento empezó a gustarnos, mi socio? No lo sé. Sí sabes. Creo que siempre hubo algo, un pellizco del deseo desde que la vi desnuda por primera vez en mucho tiempo. A partir de los doce años, se volvió tímida. No me dejaba verla en ropa interior; se resentía si por alguna casualidad entraba a su habitación y la sorprendía en esas vestimentas. Cosas propias de la adolescencia. Pero la viste aquella tarde, ella fue veloz al correr la cortina del baño, sin embargo, pudiste atrapar cada detalle que te acompañó en la masturbación. Te gustó tocarte reviviendo cada pedazo de su piel, de esos senos ya no tan incipientes, las nalgas firmes, los muslos sin una gota de arrugas, todo mojado, brillante por el agua de la ducha. Claro, experimentaste cierta culpa, después de venirte. Mientras tanto, gozaste cada segundo de la película que tu mente armó. Una película que, al transcurrir de las semanas, anhelabas más y más interpretar en vivo y en directo. Cállate, cállate, coño. El director está llamando para lo del parte de combustible. Oye, antes de ir, cruza las piernas y espera un rato para que se te baje la erección. Ya el director firmó la distribución. Y como siempre, se cogió casi todo para él.  Eso no es problema mío. Y ahora vas a la oficina para coger aquello y olerlo, ¿no? En ningún momento, voy a sentarme a trabajar. ¿Recuerdas la primera vez que te tocaste pensando en ella?

Cubierta del libro "Nuestra es la sangre", de David Martínez Balsa

No fue el día de la ducha. Sí, sí fue esa la primera vez. No, comemierda, cálmate, piensa bien, dale atrás al casete. Fue un par de años antes, sí. El día que la viste en el patio de la casa. Era más niña en ese entonces. Jugaba con una amiga, forcejeaban entre risas. Lo viste todo, desde la ventana del comedor. Y fue insoportable la erección. ¿Ahora te acuerdas? ¿Cuánto lloraste después del orgasmo? ¿Cuánto juraste nunca abandonarte a ese tipo de hambre? Sí, lo juraste y después, la noche siguiente, mientras le hacías el amor a Marla, se coló en tu mente la imagen de las dos chiquillas jugando. Y volviste a llorar. ¿Por qué hice eso? No lo sé, tal vez nací así. De pequeño, deseaba a las muchachas de mi edad. Y ese deseo nunca me abandonó, sin importar el paso de los años. De mis años, no los de ellas. A ellas siempre las miraste de la misma forma, siempre notabas las cosquillas primero en tu vientre, luego más abajo; solo bastaba que crecieran un poquito, que cogiesen una pizca de forma, la insinuación de la mujer a punto de surgir. Déjame trabajar tranquilo, coño. Dale, trabaja, mira la pantalla de la computadora, los números en las tablas. No puedo, por tu culpa no puedo. Por tu culpa ahora, mis ojos, fijos en la pantalla, la miran a ella, dormida, tapada hasta la cintura con la sábana.

Escucho el sonido del ventilador, girando lentamente. Sí, tenías que hacerlo. Ya podías hacerlo. Lo supiste desde que tu esposa te dijo que a la niña le había caído su primera menstruación. Al oírlo, ¿recuerdas lo dura que se te puso? Fue una señal de alerta. La niña no era niña. Era mujer. Antes de la regla, ya lucía como una, aunque algo la confinaba al país de la infancia. ¿Acaso era la ausencia de sangre? ¿Ese síntoma de madurez física exclusivo de las mujeres? Lo único que sabes a ciencia cierta es que después de obtener el dato, se volvió casi imposible contenerte. Ya, carajo, ya, por favor, deja de hablar. Fíjate, es hora de almuerzo y todos los trabajadores van al comedor, pero tú no. Tú trajiste comida de la casa y quedarás a solas en la oficina. Es tu oportunidad, dale, ahora que no hay nadie. Qué va, no puedo. Sí puedes y bien. ¿Quién te verá, quién dirá algo? Dale. Eso, ve para el baño, compadre. No tengas pena. Pero antes, llévatelo contigo. Ahí, sácalo del bolso. Ponle el seguro a la puerta del baño. Bien. Mira lo que llevas en la mano, el blúmer que sacaste de tu bolso; entre las arrugas de la tela asoma la mancha de sangre, seca y oscura. Quiero olerlo. Necesito olerlo. Acércalo a tu rostro. Respira hondo, no dejes que se te escape una pizca del aroma. Quieres hacer algo más aparte de oler, ¿verdad? Sí, quiero tocarme, quiero volver a esa noche. Sí, entraste al cuarto. El ventilador susurraba, ella dormía. Tu esposa estaba de guardia. La casa les pertenecía solo a ustedes dos. Eso te puso más duro todavía. Ella abrió los ojos cuando acariciaste su hombro. No existió miedo en su expresión hasta que le mostraste aquello. Pero no gritó. Te creyó cuando le dijiste que no pasaba nada, que le diera un beso. Rozaste su mejilla, luego agarraste un mechón de esos cabellos largos que aún no habían sido preparados para las fotos de quince. Guiaste su cabeza hacia tu entrepierna y repetiste el pedido, ahora con un tono más imperativo. Y ella obedeció. Temblaba, sumisa. Sí, me metí debajo de las sábanas. Le subí la bata de casa hasta quitársela por encima de la cabeza. Así, desnuda, temblaba más todavía, erizada de pies a cabeza mientras mis manos la acariciaban, mientras mis dientes mordían sus pezones. Y ya no pude más, me la mojé y se la metí, sin contemplaciones. Ella hizo ademán de gritar, pero mi mano ascendió rápido a su boca y ahogó todo sonido. El grito sofocado asomó entonces en su expresión: los ojos muy abiertos se llenaron de lágrimas. Eso te endureció tanto que casi dolía. Sí, pensaste al penetrarla, mejor contigo que con esos niñatos creídos. ¿Quién mejor que tú para darle una clase sobre cómo se hacían las cosas? Y te viniste como mismo haces ahora. Me vine adentro de ella. Retiré la mano y dejé un beso en su boca entreabierta. Le dije que la quería, que esa era una forma más de demostrarle cuánto la amaba y debía quedar entre nosotros. Ella, sin decir nada, se ladeó en la cama mientras yo me vestía. Y hoy, al despertar, tu mente fresca reparó en un detalle. Cuando entré a su cuarto, ella recién terminaba de ponerse el uniforme. Le di un beso de despedida cuando se acercó a mí, cabizbaja. Después, a solas en su habitación, hurgué en la cesta de ropa sucia y hallé el blúmer de la noche anterior, oscuro por la sangre. El blúmer que ahora hueles, después de derramar el semen en el inodoro. Y mientras recuperas el aliento, vuelves a recordar ese momento, después de decirle cuánto la querías. Ella no contestó. Y tú, antes de marcharte del cuarto, lo repetiste. Dije: “te quiero, mi niña”. Y ella, hecha un ovillo, murmuró: “yo también, papá”. No, no, ¿qué hice? ¿qué he hecho? No me jodas, ¿ahora, después de botar todo el veneno, vas a dejar que la culpa nos coma? No lo haré más. ¡Qué cómico eres! Lo juro, no lo haré más. Tranquilo, compadre, si dentro de poco te acordarás de que tu esposa tiene guardia hoy, que la casa les pertenecerá a ustedes dos. Y podrás mostrarle a tu hija, como es debido, cuánto la quieres. Cállate. ¡Qué te calles, cojones!


Emma Pérez Téllez
Poesía
Por Emma Pérez Téllez

miedo

Texto tomado del libro "poemas de la mujer del preso", dedicado a su esposo el escritor Carlos Montenegro