Cubierta de la novela "Al son de la calavera", de Andrés Cabrera
Novela

El gozo de Barbarita, la última holguinera insatisfecha

Andrés Cabrera

Parados frente al marco sin puerta, los cuatro muchachos tocaron al timbre. Barbarita, quien los observaba desde adentro, les dijo: «Pasen, muchachos, pasen», y los cuatro adolescentes entraron a la casa.

Uno era rubio, con pelo rizo y lunar en el cuello. Otro era moreno, de ojos café y pecho erguido. El tercero casi idéntico; pero más alto. Y el último era el más grande: espalda ancha, piernas marcadas, músculos por aquí y por allá, ejercicio ejercicio.

Barbarita, al percatarse de la belleza de los adolescentes, cubrió con una manta de cuatro bolas el retrato de su marido, que reposaba sobre una mesilla en la sala. Los muchachos, apenados, fueron a sentarse al sofá, y Bárbara les dijo: «No se sienten ahí, chicos; mejor pasemos directo al comedor».

Detrás de los cuatro varones entró ella al comedor, restregándose contra las paredes, haciendo muecas y dando mugidos mientras exclamaba: «¡Deborandoyo, deborandoyo!», y dio una, dos y tres vueltas; para que los efebos vieran sus nalgas puntiagudas y apretadas por el short de mezclilla, la cintura, las tetas rebotando y el pelo negro suelto que se movía como dándole azotes al viento. Los muchachos, al verla, se rieron entre ellos mientras se empujaban de los hombros.

Barbarita, a quien su vagina le susurraba cosas, les dijo: «¡Quítense esa ropa, arriba, que para lento tengo a mi marido!». Los muchachos, mientras se quitaban los pulóveres, se volvieron a reír entre ellos: risita risita, y pecho al aire con pezones rosados de adolescentes, y para abajo el pantalón y calzoncillo zurcío, y se quitan los zapatos y zicotico por todo aquello; pero la nariz se acostumbra porque hay mete saca mete saca.

Los cuatro, semidesnudos, se miraron con vergüenza; y el rubio colorado, y el moreno muy seguro de lo suyo. Barbarita, pasándose la lengua por la muñeca del brazo izquierdo, les dijo: «¡Quítense los calzoncillos, rápido, que vamos a gozar!». Y el tercero le preguntó: «¿Mami, y tu ropa pa cuándo?», y ella le contestó: «Pa cuando estén ustedes en cueros y sentados en esas sillas», y el tercero se bajó bien rápido el calzoncillo y pene colgando y cabecita rosada afuera, afeitadito, y grande la huevera.

Al rubio, cuando vio aquello, le entró la tembladera, y Barbarita fue y le dijo: «No tengas miedo, pipo», y le agarro la entrepierna y empezó a besuquearlo y a manosearle el miembro bajo la mirada de los otros. Aquel muchacho, entre los besuqueos de la hembra, alcanzó con la mirada la entrepierna del grandote y comenzó a excitarse mientras viraba los ojos como en medio de un espasmo. Ella, al percatarse, le susurró al oído: «Deborandoyo, deborandoyo».

A los otros también les empezó a crecer aquello. Y se miraron los penes con vergüenza y fueron a sentarse a las sillas con apuro. En ese instante, Barbarita dijo: «¡Ahora me toca a mí!», y empezó a dar vueltas alrededor de las cuatro sillas, que estaban puestas en círculo como para dar la ronda; y se arrancó la blusa y tetas al aire con pezones hinchados, y se quitó el short y «Tota afeitá, tota afeitá pa los machos»; y los machos vueltos locos: el moreno pensando en que el pene de él era el más chiquito, el rubio mirando el cuerpo definido del grandote, y el tercero masturbándose como babuino acalorado; mientras la hembra continuaba dando vueltas alrededor de las cuatro sillas.

Cubierta de la novela "Al son de la calavera", de Andrés Cabrera

Cubierta de la novela "Al son de la calavera", de Andrés Cabrera

Entonces Barbarita se detuvo y dijo: «Ahora voy a invitar a mi amiga Pancracia a que participe: ¡Pancracia, ven, que empezó el juego!», y los muchachos nerviosos y pensando: «¡Ay, sí, más gente, qué rico! ¡Qué rico gozar conla Pancri! ¡A gozar!».

Y fue que de la cocina salióla Jicotea Pancraciaarrastrando una cruz de su tamaño. Y los muchachos se volvieron locos por aquello. Barbarita dijo: «Pancracia, cántame la canción», y la jicotea empezó a aplaudir y a cantar su famosa canción.

Y Barbarita comenzó a danzar alrededor de los adolescentes erotizados, y Pancracia canta que te canta, y ella vuelta que te vuelta. Y cuando la jicotea se detuvo, Barbarita se lanzó como el tigre a que el rubio la poseyera. Y el rubio respondió al fuego uterino de la hembra pensando en el pene erecto del más grande, quien se masturbaba junto a sus compañeros observando aquel espectáculo gratuito.

Y tras un ligero mete y saca, Barbarita se bajó de las piernas del rubio y le dijo: «Es tu turno, papi, te toca», y el rubio empezó a dar vueltas bajo el canto de la jicotea, y volteretas y saltos como de gacela, bailarina bailarina, y un giro en el aire, Alicia Alonso, y cayó ensartado en el miembro erecto del más grande, quien lo penetró con vehemencia; y el rubio gritaba entre suspiros placenteros: «¡Esto sí, esto sí!». Y fue el turno del grandote, quien se dejó poseer por el tercero, y este poseyó al moreno, quien poseyó a su vez al rubio. Y los cuatro varones comenzaron a poseerse entre sí, haciendo el trencito.

Barbarita, al ver quela Jicotea Pancraciano detenía el canto, y que los jóvenes se penetraban y disfrutaban entre sí, restándole importancia a sus dotes femeninas, gritó: «¡Pancracia, basta, ya está bueno de canto! Ahora vamos a jugar a otra cosa». Y la jicotea arrastró la cruz de vuelta hacia la cocina.

«Ahora vamos a jugar al súper helicóptero», dijo Barbarita a los muchachos, quienes se miraron confundidos entre sí, mientras continuaban ensartados.

Ella ordenó: «Tú, grandote, acuéstate en el piso. Tú, moreno, ponte encima de él. Luego tú, tercero. Y encima el rubio. Por último, yo, para coronar la cúspide con mis gritos tibetanos».

Y así lo hicieron. Y cuando estuvo conformada la pirámide, Barbarita gritó: «¡Duendecillo, ven, danos potencia!», y de la cocina salió ahora el Duende Gallego montado en una bicicletica, y empezó a dar vueltas alrededor de la pirámide humana. Y Barbarita y los muchachos comenzaron a girar como aspas de helicóptero, ensartados los unos a los otros, a excepción del más grande, quien se encontraba en la base y que tenía las venas y los músculos hinchados como aguantando para no morir de tanto goce.

Y se formó la ventolera y había gritos, placer y machetazos (que lanzabala Jicotea Pancracia, para que no faltara la sangre en aquel ritual erótico). El duende les dio más impulso, y Barbarita empezó a orinarse como una fuente, y empezaron a volar y rompieron el techo y se elevaron alcanzando la estratósfera yla VíaLácteahasta asfixiarse por falta de oxígeno.

A los tres meses, el Duende Gallego, quien había obtenidola Licenciaturaen Derecho en la modalidad de Curso por Encuentro, se presentó con todos los documentos firmados al Ministerio del Cajón, donde reclamó la propiedad de la casa; y se la dieron.


Emma Pérez Téllez
Poesía
Por Emma Pérez Téllez

miedo

Texto tomado del libro "poemas de la mujer del preso", dedicado a su esposo el escritor Carlos Montenegro