Daniel Morales Castro
Cuento

Te lo dije

Daniel Morales Castro

Xami es tremendo idiota. ¿Que quién es Xami? Es mi amigo imaginario, y digo imaginario porque sé que no es real, vive en mi cabeza, por eso mami no puede verlo cuando viene al desván. Por cierto, mi nombre es Max y si lo lees al revés, es casi el nombre de mi amigo.

A Xami le gusta hablar mucho, sobre todo de mamá, aunque no diga nada bueno de ella. Me molesta, no puede estar bien de la cabeza. ¿Cómo mamita va ser mala? A veces pienso que si Xami fuese de verdad, ahora mismo estaría castigado por las ideas que tiene. ¿De veras, Xami, mi mamá es mala? ¿Lo crees en serio? Le digo cada vez que abre su bocota. Ojalá pudiese partirle la cara.

—Es mala, Max —me dijo.

—¡Ya vas a empezar de nuevo con lo mismo!

—Sabes que es cierto.

Y no lo es. Él siempre está con las mismas ideas, como si decirlas las hiciera reales.

—Sabes que es cierto —repitió—. Las mamás buenas no tiran a sus hijos en un desván sucio, porque pudieran enfermarse con todo el polvo que hay.

—¡Si los niños se portan mal, lo hacen!

—Si se portan mal les quitan sus juguetes o los castigan encima de la cama.

Pero yo no me había portado mal una sola vez, sino varias veces. Me demoraba mucho en hacerle caso a mamá, y si me mandaba a buscar algo, no le traía lo que ella necesitaba. Si al menos fueses como tu hermano, me decía. ¿Pero cómo? Él es mayor que yo y más inteligente también, todo lo hace rápido y, además, tiene novia. Yo no tengo ni eso; soy muy chiquito, me cuesta cargar las cosas que pesan, aunque lo intento. Fíjate si mamá es buena, que la vez que me puso a fregar el piso con un trapo terminé rapidísimo y no me gritó. Quise abrazarla, pero cuando le agarré la pierna me empujó lejos y me dijo que le daba asco. Claro, es mi culpa porque estaba sucio.

 —¿Tú sabes por qué te trata así? —me preguntó Xami otro de esos días en que solía ponerse algo pesado.

—Porque me porto mal.

—¿Tú siempre te portas mal? ¿Siempre siempre?

—Sí, siempre siempre. Además, soy feo y a mi mamá le da pena decir que tiene un hijo así. Por eso me encerró y solo viene para traerme comida, ropa y bañarme.

—Te baña con una manguera.

—¡Claro, tonto, porque estoy sucio!

—¿Cuándo fue la última vez que te abrazó?

—¡Que estoy sucio!

—¿Todas las veces?

—¡Sí!

—Yo creo que no es por eso. Lo que pasa es que tu papá no es el papá de tu hermano.

—Sí, yo sé, porque mi pelo no es amarillo como el de ellos, no salí tan grande como mi hermano, ni fuerte tampoco. Mi papá debió ser un hombre bien feo, como uno de esos monstruos de los cuentos. De él tuve que haber sacado los ojos grandes y la nariz grande también, por eso mi mamá dice que soy un bicho hediondo. Sé lo que es un bicho, aunque no entiendo lo que significa la otra palabra. Los bichos son asquerosos, a nadie le gustan.

—¿Pero tú eres un bicho?

—Mamá dice que sí.

—Es mentira.

—¡Mentiroso eres tú! Vas a ver cuando venga mi mamá.

—Tonto, ella no puede verme.

Ojalá ella pudiese verlo, para decirle las cosas que él dice. Para que lo tomara por el cuello, lo removiera y lo golpease con la mano abierta. A mí me lo hace a cada rato, y una vez me sacó hasta sangre porque no lavé bien los calzoncillos de mi hermano. Sí, casi nadie sabe que sé lavar. ¡Y eso que soy un niño! Pero aquel día lo hice mal y mami se puso brava, aunque no entiendo cuál es el problema, porque mis calzoncillos casi siempre están sucios y mi ropa también. Antes de encerrarme en el desván, mamá me bañaba poco y la comida nunca me la preparaba, sino que la compraba ya hecha para mí. Decía que estaba cansada y con falta de tiempo, aunque a mi hermano sí le cocina. Claro, porque él estudia y se va a hacer cosas de niños grandes, por eso vuelve cansado y tampoco puede visitarme aquí. Yo nunca he ido a una escuela, mi mamá dice que yo tengo problemas y que necesito un trato especial, pero no sé qué quiere decir con eso de que tengo problemas. A lo mejor cuando crezca entenderé.

—¿Tú sabes quién es tu papá? —me preguntó Xami en otra ocasión.

—Un tipo muy feo.

—Eso no lo sé. Lo que sí sé es que le hizo algo malo a tu mamá.

—¿Qué le hizo?

—Tú lo sabes, porque lo escuchaste el día que ella estuvo discutiendo con el papá de tu hermano. Tu papá le hizo algo tan malo a ella que por ese motivo es que tu mamá está enferma de la mente y no se cura. Por eso es que quiso sacarte de su barriga y no pudo y entonces naciste así. También por eso llora a veces y siempre está molesta. Los adultos dicen que fue una violación, pero nunca le has preguntado sobre eso.

—Siempre se pone brava si hablo mucho.

—Porque te pareces a tu papá. Después naciste tú y el papá de tu hermano se fue de la casa.

—Le caigo mal.

—No eres su hijo y por tu culpa no vive aquí.

—A mí no me molestaría si viene.

—¿No entiendes? Él no te soporta, ya te dije.

—Bueno, está bien. Lo que hay que descubrir es si mi mamá me va a dejar salir de aquí.

Nunca lo vi reírse tanto. Quizás le daba gracia que mi mamá no me quitase el castigo. Es verdad que ella nunca me dejaba más de tres días en el desván, aunque se había pasado y, lo peor, sin yo entender por qué.

—¡Ya no te aguanto más! —me dijo mami la última vez que estuve afuera. No entendí lo que sucedió. Estaba tranquilo en el rincón donde ella me pone por las tardes y sin moverme. Recuerdo que se acercó y me empezó a mirar con rabia y a llorar.

—Pero ¿qué hice ahora, mamita? ¡No me golpees!

—¡Cállate!

—¿Pero me vas a dar?

—¡Cállate, enano de mierda, hediondo! —gritó de nuevo y cerró el puño. Creí que me pegaría en la cabeza. Se la acerqué para que fuese más rápido y no le costara trabajo, pero el golpe nunca llegó. Quizás porque mi hermano pasó cerca, aunque hizo como si no viese y se fue a su cuarto. Él no tiene que perder tiempo conmigo porque es un niño grande y siempre está ocupado, por eso no hace caso cuando me regañan, seguro tiene muchas cosas en su mente. A veces hace caras extrañas al verme, pone los ojos chiquiticos y aprieta la boca, como si estuviese bravo conmigo. Debe sentir vergüenza de mí, aunque sé que me quiere, porque soy su hermano pequeño y los mayores siempre cuidan de los menores, a pesar de que nadie se dé cuenta.

—Mami…

No respondió. Se quedó mirándome fijo a los ojos, como si viese una película. Sé que soy idéntico a mi papá y seguro se acordó de algo, porque empezó a gritarme un montón de cosas. Además de cochino, enano y asqueroso, me dijo otras palabras que no entendí bien. Intenté llamarla varias veces, pero no respondió.

—Ya no puedo más —soltó finalmente mientras las lágrimas seguían cayendo de sus ojitos. Me tomó suave por el brazo, eso nunca lo había hecho; casi siempre me dejaba marcas. Comenzó a tirar de mí hasta el desván y me soltó a la entrada. Se quedó estática y yo entré sin que me dijese nada. Al momento cerró la puerta y… bueno, ha pasado bastante tiempo. El desván está cada vez más sucio y no tengo dónde dormir, a no ser en el piso, con las cucarachas. Si Xami no aparece, me pongo a hablar con ellas. Sé que no me entienden y no hay mucho que les pueda decir, porque se mueven muy aprisa. ¡Si mi mamá me viese se molestaría mucho! O no, porque soy un sucio, ya está acostumbrada. Aunque las cucarachas y yo nos parecemos, somos unos bichos asquerosos, pero como soy más grande tengo más peste que ellas y rompo más cosas.

—¿Sientes eso? —preguntó Xami en otra ocasión—. Ahí viene ella.

—Debe ser para bañarme.

—Tonto, aprovecha.

—¿Qué?

—Cuando prepare la manguera, sube la escalera lo más rápido que puedas y vete.

—¿Cómo voy a hacer eso, y a dónde podría ir?

—Cualquier lugar es mejor que este.

—No puedo hacerle eso a mi mamá, porque después se preocupa y no sabrá dónde estoy.

Rio de nuevo como un loco y el escándalo que hizo, de ser real, se hubiese escuchado lejos.

—Ella no te quiere, tonto. Vete.

—¡Sí me quiere, y más tonto eres tú! Fíjate, que viene a bañarme.

—Es malísima. Mira que ni querer tocar a su propio hijo.

—¡Cállate, Xami!

—¿O qué? ¿Vas a decírselo a tu mami mala?

No pude aguantarme más. Le agarré el cuello y lo tiré contra el piso. Me sorprendió que no pesara casi nada, debió ser porque no es real. Ahí le di su merecido, muchos piñazos en toda la cara, para que nunca más me dijese mentiras de mi mamá. Incluso botó sangre por la nariz y el muy tonto solo se reía, al punto de que me sacó de quicio y le di más y más. ¡No sabía que era tan fuerte! Pensé que por fin iba a respetar a mi mami, porque la gente aprende así, a base de golpes. Si yo aprendí de esa forma, Xami igual. Los golpes enseñan, porque sin ellos, ¿cómo uno va a saber qué es lo que está mal y lo que no? Si mi mamá no me diera duro, yo jamás hubiese aprendido, y si no tuviera paciencia conmigo, nunca entendería que debo dejar de ser un bicho hediondo.

Sentí una pisada fuerte detrás de mí. Era mi mamá, que ni siquiera comenzaba a bajar los escalones. Tenía la mano en la boca y los ojos tan abiertos que pensé que se le iban a salir.

—¡Mami, le acabo de dar tremenda tunda a Xami, igual que tú me haces a mí! ¡Ahora ya no hablará cosas malas de ti nunca más! ¿Ves cómo aprendo rápido? ¿Ya soy un niño bueno? ¡Déjame abrazarte, mamita!

Cuando terminé de hablar, recogió la manguera y cerró la puerta con todos los pestillos. ¡Qué tonto soy! No debí decirle que quería abrazarla, ni hablarle de Xami. ¡Ahora mamá pensará que estoy loco! Pero ya soy un bicho hediondo, ¿qué más da si estoy loco? Estoy seguro que ella me arreglará, porque las madres son los mejores doctores.

Hay algo que me preocupa un poco: mamá hace tiempo que no baja y, además, Xami no ha vuelto a aparecer. Debe tenerme miedo por lo que le hice, pero se lo merecía. Lo malo es que tengo mucha hambre y desde ese día no como nada. Mis pies están flojos y me cuesta pararme. A veces las cucarachas me pasan por encima y está bien, porque ellas y yo estamos siempre sucios, quizás por eso me siento cómodo entre ellas.

Permanezco tirado en el suelo del desván, esperando que mami venga hoy. El aire no me entra bien por la nariz y creo que me está dando sueño. Ojalá no me vea dormido. Luego de un rato no es mi mamá la que viene. A pesar de mi cansancio puedo escuchar, de nuevo, la voz de Xami, muy clara y pesada como siempre, susurrando en mis oídos:

—¿Ves? —dice—. Te lo dije.


En portada:

Daniel Morales Castro

Emma Pérez Téllez
Poesía
Por Emma Pérez Téllez

miedo

Texto tomado del libro "poemas de la mujer del preso", dedicado a su esposo el escritor Carlos Montenegro