Cubierta del libro "Minandre", de Dazra Novak
Cuento

No me perdones

Dazra Novak

No, no quiero que me perdone, no es eso. Para perdonar y esas cosas está Dios en el cielo, ¿quién es uno para perdonar en esta tierra? Yo lo que quiero es que me diga cómo, ¿usted me entiende?, cómo se hace. Porque la verdad que ya no puedo vivir así. No fue adrede, fue cosa de la casualidad, se lo juro por la madrecita mía que me ve todos los días desde el cielo. Si yo hasta fui feliz un tiempo, se lo juro, fui feliz hasta cuando nos fuimos a vivir a la última casa del pueblo y yo me dije, ¿tanta cantaleta con el matrimonio para venir a vivir aquí, tan lejos, entre tanto marabú? Pero después pensé, porque a una las cosas se las enseñan por algo, ¿no es verdad?, pensé que a lo mejor en aquella casa yo iba a ser una mujer de bien. Y lo fui un poco, no voy a negarlo. Al principio él hasta me traía romerillos, de esos que crecen cerquita del camino, y yo los ponía en un tiesto con agua, con tremendo gusto, se lo juro. Pero eso fue muy poco y fue solo al principio, cuando venía todos los días, porque al principio él venía todos los días a dormir conmigo.

Usted verá que yo sé, sé que es una obligación de mujer hacer eso y por eso lo hacía. Pero él se quejaba de que yo no lo hacía con gusto…, ¿qué gusto va a tener una si venía siempre con esa peste de andar por ahí arriando animales, o echándolos a fajar? Pero yo lo hacía de todas maneras, porque no venía tantas veces con ganas de eso y yo me decía, bueno, la mujer se debe a su marido. Para eso se casa una, ¿no?, para mantener al marido contento y para tener hijos. Yo quise mucho tener hijos, pero con el deseo no alcanza al parecer, porque nunca llegaron. Claro, él dijo que por mi culpa. Para él yo era una basura de mujer porque no podía preñarme, pero yo sí quería, se lo juro, no sé por qué entonces. La vida se me convirtió en esa tristeza en la última casa del pueblo donde el pueblo ya no es pueblo porque la calle se acaba antes y solo queda un caminito estrecho, apenas para que pase un caballo entre el marabú, adonde nadie vino a visitarme nunca por miedo a despertarle las malas pulgas. A él le gustaba que yo estuviera sola. «No quiero ver a nadie en mi casa», me decía, «si encuentro a alguien aquí te vas a acordar de mí». Si algo bueno tenía es que era un hombre de palabra, y me acordé de él, sí señora, ese día en que vino mi hermana a traerme un mandado de mi madre. Fue la única vez que algún cristiano me visitó. Pobrecita mi hermana, venía con esa contentura de traerme unas masas de coco acabaditas de sacar para que hiciera turrón con miel. Yo la veía llegar y me encogía en la entrada, como si eso fuera posible, gracias a Dios si la tierra me hubiera tragado en ese momento. Pero no me tragó. Mi hermana llegó al portal, me entregó el mandado, tomó un poco de agua, porque hacía mucho calor, y se fue rápido, tenía otras razones de mi madre, que ya estaba enferma cuando aquello. Pobrecita mi hermana, si ella supiera. Yo veía su espalda alejándose y alejándose por el camino hasta convertirse en un grano de frijol, y de pronto la cabeza se me fue para atrás, y vi las masas, tan blanquitas, revolcadas en la tierra. Me agarró por el pelo y me arrastró como si yo fuera un trapo de gente, un animal de esos que acostumbraba a matar.

Cubierta del libro "Minandre", de Dazra Novak

Cubierta del libro "Minandre", de Dazra Novak

Fue la primera vez que me pegó de verdad. Después vendrían más seguidas las otras veces, pero nunca me dolió tanto como aquella primera vez, no sé, debe ser porque la primera vez una no se lo espera, al menos no tan duro y con tanto odio. Recuerdo que me gritó cosas, cosas que dejé de oír porque uno de los golpes fue en el oído, me tiró en la cama y me hizo eso. Yo creo que los hombres siempre que se pelean con las mujeres terminan haciéndoles eso, como para hacer ver que ellos mandan, si no para qué lo harían, ¿verdad? Al otro día me dio pena con él, parece que me vio con el ojo magullado, apenas si podía abrirlo, fíjese usted…; me trajo un regalo y todo. Yo había pensado en irme lejos de la casa, pero me dije, si es capaz de traerme un regalo no puede ser un hombre malo, la gente mala no hace regalos. Jamás pensé tener una cosa así, tan linda, fíjese. Una cajita con una bailarina y una música que siempre me gustaba oír, a toda hora la oía. Cuando me despertaba por las mañanas lo primero que hacía, antes del café, era abrir la tapita y mirar aquella mujercita linda con un vestido de encaje blanco, que daba vueltas y vueltas sobre un pie, y escuchaba la musiquita hasta el cansancio. Hasta que él pasaba por al lado de la cajita y le bajaba la tapa de un tirón, ¡fuácata!, luego me miraba con esos ojos, y yo entendía, entonces esperaba a que se fuera para volverla a abrir. En realidad, la cajita fue mi único acompañamiento en todo ese tiempo. Después que abrieron esa casa para los hombres del pueblo, no venía tanto, yo pasaba los días sola, sin nadie que me impidiera escuchar la cancioncita. Yo me alegré tanto, me dije, no tendré que hacer más eso, porque en esa casa hay un burujón de mujeres. Pero no fue así. A veces no tenía dinero o quién sabe, a lo mejor no alcanzaban las mujeres de esa casa para tantos hombres. Entonces era peor, porque venía con el odio del hombre que no tiene, el hombre que pierde. No hay nada peor en esta vida que un hombre que no le gana a otro hombre. Me tiraba arriba de la cama, boca abajo, y me hacía eso, yo creo que me ponía así para no verme la cara; de espaldas podía imaginarse la cara de cualquier mujer, quién sabe…, a lo mejor pensaba en los hijos que no teníamos.

He venido con usted porque me han dicho que tiene buenos aciertos y que, en estos menesteres, usted lo sabe todo, sabe qué es lo que hay que hacer. Yo estoy dispuesta a cualquier cosa, a pagarle también, si es necesario, pero necesito que se vaya, no quiero verlo más dando vueltas por ahí. Yo no quiero que él me perdone, ¿perdonarme para qué? Si ya está hecho. Vine porque me han dicho que usted es de confianza. Pero no vaya a pensar que soy una mala persona por lo que hice, yo soy una mujer decente, mi madre crio siete hijos y yo era la mayor, siempre la ayudé en todo, hasta a criar a mis hermanos. Me fui de última, porque no encontraba alguien que quisiera casarme, y ya sé que él, pobrecito, cargó con esta mujer fea, hasta eso le agradezco, fíjese usted, pero fue algo que se me metió en la cabeza de pronto, de esas cosas que uno hace sin pensar. Me acuerdo un día que llegó borracho, pero era por la mañana y qué me iba a imaginar yo que llegaría a esa hora, si lo hubiera imaginado yo habría cerrado la cajita para que todo estuviera callado. Pero me sorprendió. Vi la cajita más arriba de mi cabeza, su brazo alto, tan alto como las pencas allá arriba, y cerré los ojos y esperé. Me dio más de una vez. ¿Ve estos dos dientes que me faltan? Los guardé de recuerdo dentro de mi cajita, que nunca más cantó la canción. Pobrecito, se pasó como dos días sin salir. No me hablaba, pero me miraba todo el tiempo, con miedo de algo que no sé bien…, no sé, sería culpa yo creo. Después volvió a irse y tuve tranquilidad por un tiempo. No me tocó en muchos días, parece que sin los dientes me veía más fea de lo que soy. Mi tranquilidad no duró mucho. Parece que le molestaba verme, saber que iba a llegar a la casa y yo iba a estar ahí. Volvió a hacerme eso, siempre de espaldas, sería para no mirarme a la cara, digo yo. Y yo lo habría soportado, aunque es demasiado feo ese deber de mujer, yo sabía que estaba haciendo lo correcto. Si no hubiera sido por él me habría quedado en la casa de mi madre para alimentar puercos y gallinas y cuidar a los viejos de la familia. Y si algo hay que ser en esta vida es agradecido.

La verdad, ahora que le cuento todo esto, sé que ese día no me dio motivos para hacer lo que hice. No estaba borracho, no intentó hacerme eso, no, lo único que hizo, pobrecito, fue silbar la cancioncita, esa de la cajita con la bailarina y yo…, le juro que se me aguaron los ojos. Yo estaba picando una carne con el cuchillo grande. Usted sabe que la grasa de puerco le come el filo a los cuchillos, y yo siempre tenía ese listo, bien afilado. Yo oía la cancioncita y tiraba el cuchillo contra la carne, otra vez y otra vez y otra vez. Quería decirle que se callara, que respetara a los muertos, pero sabía que no podía hacer eso…, no podía. Tenía la esperanza de que parara de hacerlo en algún momento, pero no lo hizo, se me acercó y me cantó por detrás y yo me viré con el cuchillo grande y le di un tajo, una sola vez, la cancioncita se detuvo por unos momentos y la cara se le abrió como un mango maduro, grande, de esos que tienen pocos pelos y mucho jugo, mucho. Yo, la verdad, no lo veía a él, para mí era carne de puerco lo que estaba cortando en pedazos. Además, porque escuchaba, dentro de mi cabeza, la cancioncita. Y yo sé que eso no puede ser, pero es que yo la escuchaba dentro de mi cabeza, clarito, clarito, se lo juro…, y me sentía tan aliviada, tan feliz como nunca antes lo fui en la vida. No, si yo estoy bien, ese no es el problema. Ya le dije que para mí era carne de puerco que tiré en el pozo ciego detrás de la casa. No apestó ni nada porque le eché bastante tierra encima, no fuera a ser que los perros lo sacaran, pobrecito. Pero se me aparece en todas partes. Por la noche quiere, y yo le hablo, trato de que entienda de que está muerto ya, y los muertos no hacen eso. Pero él insiste y me abre los ojos así. Se me tira arriba y me quita la ropa. Yo había oído esos cuentos y pensaba que eran mentira, pero ahora sé que no, porque él me hace eso casi todas las noches, y el deber de mujer se acaba, creo yo, después que se muere el marido, que para algo se viste una de negro, ¿no es verdad? Pero él parece que no se da cuenta, me tira esa peste fría en la cara y me zarandea como una penca reseca. Para asustarme se me aparece en la cocina, en el escusado; asustarme a mí, que en esta vida ya he visto un montón de cosas. Pobrecito, yo quiero que descanse, de verdad, por eso vine…, necesito que usted me diga cómo se mata el espíritu.

Emma Pérez Téllez
Poesía
Por Emma Pérez Téllez

miedo

Texto tomado del libro "poemas de la mujer del preso", dedicado a su esposo el escritor Carlos Montenegro