para Ryan Gander por la muestra imposible en Cáceres
cuidado al entrar con las sillas heladas
las sillas volcadas
los muebles con una costra terciopelo
de nieve que oculta los gritos
cada bola dispersa
tiene en sí el océano
cada texto escrito
con letra pequeña
como un contrato
de ocultas maldades
tiene los mismos trazos
que el texto total
empujar unas sobre otras
es como mezclar
Coran y Evangelio
Zohar y Sermón del fuego
cábala infinita
un espejo a medio velar es signo peligroso media imagen medio reflejo conducta escindida un trozo del pecho devuelto por la luz mitad del alma en sombra los escolares indiferentes no se preguntan por el trozo oculto bajo la sábana como no inquieren sobre lo sagrado del trazo negro o las esculturas hundidas en la meditación que no tiene aristas pero sí limites por favor un brochazo negro hay que detener la helada el roce superficial con la superficie hermosa las bolas indican un orden pero nadie lo descifra un nuevo mundo no necesariamente mejor
en la sala oscura
hay un auto
apresado
escarchado
a punto de
hundirse
en el lago
que es reino de nieve
nadie
ni el espectador
puede socorrerlo
lo peor
es seguir escuchando
esa voz infantil
que relata
el suceso improbable
es un clamor
insistente
torpe
que acaba por
hacernos abandonar
a los tripulantes
a su suerte
horror
a su segura muerte
este es el salón de las vanidades perpetuas el purgatorio de los célebres los hermosos los que iban al vernissage con una botella de Pinot en la chaqueta apresados Christo y Lennon Beauys y Calatrava Picasso y Jover Ryan mismo debe confesar para salvarse que soñó con la galería burbujeante el festival de los selectos con el derroche de rojos azules mostaza que solo el acrílico puede regalar asombrosos mediáticos fríos y vacíos entrevistados por Vanity Fair o calculados en Forbes pétreo salón donde agonizan y la carcoma roe el reverso de los carteles festival de lo que no pudo ser no fue aunque no quieran aceptarlo
un visitante
—un habitué—
acostumbra
a poner los ojos
en la pared
no a que surja
del muro
un par de ojos
que lo contemplen
con torpeza
con sueño
con leve
o desatada ironía
como miran
los bufones
sin cuerpo
de Gander
tendrán dientes los fantasmas
es válido preguntarse porque
si ellos pudieran morder
la carne de los vivos
nadie estaría a salvo
ni los alumbrados ni los demagogos
ni siquiera los artistas
culpables de perpetuar tales espectros
y además preguntarse
si son tangibles
el demonio
está en los detalles
al final cuando ya queremos huir de las salas de un blanco implacable descubrimos que donde debió estar el vacío perfecto hay un agujero en la parte inferior de la pared justo sobre el zócalo un ratón ha roído toda la noche el muro y asoma con hipócrita reticencia la cabeza hacia el visitante lo peor no son sus ojos de topo ni la tenacidad con que vuelve el hocico a uno u otro lado atisbando la decadencia de todo el desorden que le permitirá reinar sin competencias sino que de alguna parte surge esa voz la que creímos antes de un niño relatando el desastre en la nieve monótona en su agudeza de sollozo en un mal filme el intruso que juzga al mundo la plaga que viene a advertir es el fin el fin no lo duden váyanse ya a la calle rueguen que Ryan no vuelva porque viene una inundación una tormenta la gran ola de Hokusai el quiebre apocalíptico con arcángeles en las torres después no digan que un ratón es decir un gran artista a su modo no supo advertirles a tiempo
En portada:
Roberto Méndez