Cubierta del libro "Formas de sobrevivir al fin del mundo", de Alejandro Rama
Cuento

Barbie

Alejandro Rama

Guardas la foto allí, donde Chino no puede verla. La guardas dentro del libro de Austen. Bien escondida. Sabes qué pasaría si él la descubre. Los gritos. Los golpes. El abandono definitivo. Sin Chino serías pura carne de carroña. Carne podrida. Blanco perfecto para alguna puñalada. Y todo por culpa de sus celos. Sus malditos celos que acechan como los ojos de los depredadores en la oscuridad.

Guardas la foto dentro del libro. Cuchillo te lo regaló por tu cumpleaños y desde entonces se ha convertido en refugio. Austen, seguramente, debe significar refugio en algún idioma que no conoces.

Cuchillo te regaló el libro porque era el único que podía hacerlo. El único que no levantaba los celos en Chino. El único que podía entrar a la celda mientras dormías desnuda y te contaba de aquella maravillosa historia donde algún joven ruso partía en dos la cabeza de una vieja y luego se arrepentía. O aquella historia donde un joven francés decide escapar de la guerra y se adentra en un viaje eterno por las planicies.

Es mi hermano, siempre decía Chino, mi hermano de sangre y alma, tú no puedes entenderlo porque las perras nunca lo entienden.

A Cuchillo lo recuerdas con nostalgia. Siempre riendo en los pasillos y el patio. Siempre serio, muy serio, detrás de los libros. Siempre regalándolo todo. Cuchillo y su manía de andar regalándolo todo. Y sus cicatrices. Cuchillo sin nariz, sin orejas. Cuchillo refugiado en los libros para no cortarse más.

Ay, Cuchillo. Eran infinitos los mundos dentro de su cabeza. Nunca estudió, pero desde que aprendió a leer no pudo dejar de hacerlo. Un acumulador de historias. Las recordaba con una facilidad espantosa. Las recordaba como los personajes de aquella historia futurista donde los bomberos quemaban libros en vez de apagarlos.

Algún día, Barbie, saldré de esta mierda y escribiré mi propia novela, te juro que cuando lo haga se las voy a dedicar, para Chino y Barbie por el amor que les tengo.

Chino dijo que estaría en el patio, aunque seguramente ande de recorrido. Hoy se despertó muy nervioso. Hace mucho tiempo que no lo veías así.

No puedes salir, la cosa está mala y tengo que arreglarla por mi cuenta.

Pero Chino...

Te quedas aquí, coño, que no puedo perderte por una mierda como esa.

Chino te ama. Definitivamente te ama. Te ama, aunque sea una bestia sin corazón, como otros dicen. Aunque sus celos lo lleven a golpearte y gritarte y decirte perra. Chino te ama y lo sabes. Por eso escondes la foto de él.

Nunca, en los años que llevan juntos, se lo contaste. Al principio no confiabas en él y era mejor mantenerlo todo oculto. Luego, todo se fue volviendo un secreto. Tu más profundo secreto. Si se lo cuentas ahora, veinte años después, lo más seguro es que piense otra cosa y te imagine enamorada de un muchachito de afuera.

Cubierta del libro "Formas de sobrevivir al fin del mundo", de Alejandro Rama

Cubierta del libro "Formas de sobrevivir al fin del mundo", de Alejandro Rama

Chino aún no regresa. Imaginas su inmenso cuerpo moviéndose de un lado a otro. Lo imaginas de celda en celda. Revisando cada rincón. En busca de alguna cosa que pueda molestar a los guardias y lo termine jodiendo todo.

Aprovechas que no está y sacas la foto del libro. La contemplas. Tu hijo está hecho un hombre. Alto como tú, pero igualito a su madre. Tu hijo que quiere verte, que quiere saber de ti después de tantos años. Quiere saber de ti a pesar de lo que hiciste.

Aquí traigo la foto de Adrián, dijo Cuchillo.

Ay, Cuchillo. Era el único que conocía tu secreto. Cuchillo era un hermano de sangre y alma. Un hombre de sangre y alma. Chino también pudiera serlo, pero sus malditos celos terminan por cegarlo y la rabia lo invade. Es en esos momentos cuando descubres a la bestia sin corazón. Una bestia capaz de tragarte de un mordisco, aunque luego se arrepienta y te llore.

Observas la foto y un par de lágrimas se escapan. Adrián. Adriancito de tu vida que ya es un hombre, que anda buscando respuestas. Adrián y su nombre de verdad. Nada de Chino o Cuchillo o Barbie. Nada de celdas mohosas y pasillos de mala muerte.

Aunque te mueres de ganas, sabes que no podrás verlo. Ya encontrarás la manera de que sepa todo, o quizás no, pero no puedes verlo. Le tienes demasiado miedo a Chino cuando se transforma en una bestia sin corazón. Si Cuchillo estuviera vivo, las cosas podrían ser diferentes. Él sabía apaciguar la rabia de Chino con solo mirarlo a los ojos y mover la cabeza. Él lo haría entender que Adrián es tu hijo, y no un muchachito del que te enamoraste.

Siempre le haces caso a él, y a mí, en veinte años, nunca me has hecho caso, dirías.

Tú no puedes entenderlo, Barbie, porque las perras nunca lo entienden, respondería Chino mientras se ríe con Cuchillo.

Pero Cuchillo no está. Treinta jodidas puñaladas en el baño y Cuchillo ya no está. Chino dice que fue uno de otro pasillo. Que eso no se va a quedar así. Chino anda muy nervioso desde ese día. La rabia lo invade por cualquier cosa y se pasa los días de recorrido.

La cosa se ha puesto mala, Barbie, nos estamos poniendo viejos muy rápido.

Observas la foto por última vez antes de guardarla. La observas y piensas en Adrián. En tu hijo. Piensas en él y rezas porque nunca caiga en una celda. Rezas porque no vaya a cometer nunca la locura que cometiste y entonces te vienen las imágenes de tus manos ensangrentadas sosteniendo la cabeza su madre. Recuerdas como corriste por toda la casa, buscándolo para hacerle lo mismo a él.

Cierras los ojos. Respiras. Sabes que estás donde te mereces. Sabes que llevas la vida que te mereces. La perra de la bestia sin corazón. Barbie. Barbie. Barbie. La carita bonita del pasillo.

Ven, carita linda, ahora eres mía, te dijo Chino hace veinte años.

 

Guardas la foto dentro del libro. Austen, definitivamente, significa refugio en algún idioma que no conoces. Sientes unos pasos que se acercan y guardas el libro.

Chino llega con las manos ensangrentadas, acompañado de un guardia. El guardia le dice que se lave rápido y cierra la puerta. Luego, las sirenas. Luego, el sonido de botas corriendo de un lado a otro, abriendo y cerrando todas las celdas. Todas menos esta. Ninguno de ellos se atreve a entrar aquí.

Acaricias la espalda de Chino. Haces círculos en ella con tus dedos. Dibujas corazones. Acaricias su espalda y escuchas cómo su respiración va calmándose poco a poco, cómo va dejando escapar a la bestia.

Cuchillo puede descansar en paz, te dice.

Chino te observa. Te observa con sus ojos negros y profundos. Te observa y luego te abraza, y deja caer un par de lágrimas. Te dice que te ama con todas sus fuerzas, que eres todo para él, que lo perdones por ser una bestia. En esos momentos es cuando lo entiendes. Lo entiendes y te descubres amándolo también. Es la bestia sin corazón para los demás, pero es el amor de la vida para ti.

Emma Pérez Téllez
Poesía
Por Emma Pérez Téllez

miedo

Texto tomado del libro "poemas de la mujer del preso", dedicado a su esposo el escritor Carlos Montenegro